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jueves, 3 de marzo de 2016

Dos y por testigo el viento

La fotografía nos permite apreciar a un ángel junto a mi pecho, es el poderío del vínculo quien lo demora, siente el deseo de detener el tiempo sabiendo este su lugar.
Luna, amada hija perruna del corazón, llevas memorias, afecto e inolvidables recuerdos, amor el tuyo como pocos humanos conocemos.
Mi rostro no parece ser, diríamos que el perfil que se distingue corresponde a otra figura, esa que sólo puede observarse desde la vereda opuesta; dos y por testigo el viento.
Buena vida
Pablo y Ana Borsani





jueves, 5 de noviembre de 2015

El principio de la vida

Hasta aquí hemos hablado acerca de los átomos y cómo es creada la materia de la nada. Dijimos que los átomos son los “ladrillos” de todo, sea animado o inanimado. Es importante advertir esto último, es decir, que son los “ladrillos” de lo que tiene vida como de lo que no tiene vida. En consecuencia es muy sorprendente que siendo partículas carentes de vida sean el componente básico de lo viviente. Esto también es algo que los evolucionistas nunca pueden explicar.
Así como es imposible imaginar que pedazos de piedras se juntan para formar organismos vivos, del mismo modo es imposible imaginarse átomos que se juntan por decisión propia para constituir organismos vivientes. Pensemos en un amontonamiento de piedras y una mariposa. Las primeras son inanimadas y la segunda animada. No obstante, al penetrar en su constitución, nos encontramos con que unas y otra están integradas por las mismas partículas subatómicas.
El ejemplo que damos a continuación puede servir mejor como explicación respecto de la imposibilidad de que la materia inanimada se transforme por sí misma en materia animada: ¿puede volar el aluminio? No. ¿Podrá volar una mezcla de aluminio con gasolina y plástico? Por supuesto, tampoco. Esos elementos podrán volar solamente si los juntamos de tal manera que constituyan un aeroplano. Pero, ¿quién hace que el aeroplano vuele? ¿Las alas? ¿El motor? ¿El piloto? Nada de lo nombrado consigue por sí mismo que el aeroplano vuele. Es decir, para conseguir que vuele es necesario ensamblar distintas partes según un diseño particular, pero ninguna de ellas por separado tiene la capacidad de volar. Las características de cada uno de los componentes son importantes, pero la capacidad para el vuelo sólo se obtiene uniendo a todas ellas en un diseño especial. Los sistemas vivientes responden al mismo principio. Una célula se forma por medio de la ordenación de átomos inanimados en un diseño muy especial. Las facultades de la célula, como las de crecimiento, reproducción y otras, son el resultado de diseños perfectos antes que propiedades de las moléculas. Ese diseño pertenece a Dios, Quien crea lo vivo a partir de lo inerte.
Sólo Dios, el Sabio y Todopoderoso, puede dar vida a una substancia inanimada, es decir, crear vida. Los sistemas vivientes poseen estructuras tan intrincadas que aún no se ha descifrado plenamente cómo operan, a pesar de los avances técnicos modernos.
Cuando se presentó la teoría de la evolución a mediados del siglo XIX, la investigación usaba microscopios que daban la impresión de que las células eran amontonamiento de materia. Pero gracias al microscopio electrónico y otros instrumentos de avanzada, se pasó a saber que la célula, el “ladrillo” de lo viviente, tiene una estructura muy complicada que sólo se pudo formar como resultado de un diseño perfecto. Lo más importante es que los estudios modernos demostraron que es absolutamente imposible que la vida surja espontáneamente de la materia inanimada.
La fuente de la vida sólo es la vida. Esto también ha sido comprobado experimentalmente . Se trata de otro problema que los evolucionistas nunca pudieron resolver, motivo por el cual, en vez de presentar evidencias científicas, nos cuentan cosas que no equivalen más que a cartón pintado, arreglos artificiales para causar buena impresión. Plantean cosas ilógicas bajo el barniz de supuestos científicos: dicen que la materia tiene conciencia, capacidad y voluntad por sí misma. Llegan al punto en que ni ellos mismos creen los absurdos que plantean y eventualmente se ven forzados a confesar que no pueden dar una respuesta científica al interrogante o problema principal.
Como confiesan los evolucionistas a los que citamos, el propósito básico de la teoría de la evolución es negar que Dios creó lo viviente en particular y todo en general. Aunque la verdad de la creación de cada cosa es obvia y aunque se ha demostrado definidamente que cada particularidad es el producto de un diseño demasiado perfecto para ser el resultado de la casualidad, los evolucionistas se hacen los distraídos frente a dicha realidad y se mueven en círculos viciosos de manera absurda.
Los científicos evolucionistas, en vez de aceptar la verdad de la creación prefieren hablar de las aptitudes de la materia inerte y de cómo lo inanimado se transforma por sí mismo en organismos animados. Mientras cierran sus ojos a la realidad, se exponen sin saberlo a la vergüenza. Es obvio que suponer que los átomos se valen de alguna especie de don para autotransformarse en sistemas animados no tiene nada que ver con la razón y la cordura.
Supongamos que los evolucionistas descubren un escenario en donde átomos inconscientes e inanimados se transforman en organismos con vida y, lo que es más importante, en personas con elevados niveles de lucidez e inteligencia. Veamos uno de esos posible escenarios absurdos.
De alguna manera, después del Big Bang los átomos pasaron a existir con fuerzas delicadamente equilibradas. En una cantidad suficiente constituyeron el universo. Los que se dedicaron a nuestro planeta formaron primero la corteza terrestre. Pero después, de modo repentino, ¡decidieron producir seres vivos! Para eso dichos átomos se autotransformaron primero en células con estructuras muy complejas, luego éstas se reprodujeron por propia decisión mediante la división directa o indirecta y después configuraron organismos que empezaron a hablar y a oír. El paso siguiente de esos átomos en su evolución fue transformarse en profesores universitarios que pasaron a observar mediante el microscopio electrónico y a pensar que todo ese desarrollo se dio por casualidad. Otros átomos se juntaron para formar ingenieros que construyen puentes, rascacielos, naves espaciales y satélites o investigadores que se especializan en física, química y biología. Atomos como los del carbono, el magnesio, el fósforo, el potasio y el hierro, no se formaron para producir una masa oscura sino cerebros perfectos de una complejidad excepcional, cuyos secretos aún no se han develado en su totalidad. Esos cerebros empiezan a ver imágenes tridimensionales con una resolución perfecta no lograda hasta ahora por ninguna tecnología. Otros átomos formaron comediantes que hacen reír a la gente con sus bromas. También produjeron músicos que alegran la vida de los demás y así sucesivamente.
Ustedes decidirán hasta donde llega la irracionalidad de fábulas como la relatada.
Podríamos seguir enumerando otros “logros”, pero mejor nos detenemos aquí y nos volcamos a un experimento para demostrar que tales embustes no se pueden concretar nunca.
Permitamos que los evolucionistas pongan dentro de un recipiente todos los átomos que consideren necesarios para dar lugar a la vida. Admitámosles que agreguen allí todo lo que creen necesario para que dichos átomos se unan y formen materia orgánica. Y dejemos que se tomen todo el tiempo de espera que les parezca: cien años, mil años, cien millones de años..., para lo cual deberán transferir el cuidado del recipiente de padre a hijo. ¿Algún día saldrá de allí, digamos, un profesor? Sin lugar a dudas, por más que se espere, no saldrá un profesor ni nada con vida. Aunque en ese recipiente se reuniesen millones de fragmentos orgánicos, no adquirirán de modo espontáneo las características de algo vivo.
Veamos ahora si los átomos inconscientes pueden formar naturalmente las moléculas de ADN --las piedras angulares de la vida-- y las proteínas.
El ADN (ácido desoxirribonucleico), ubicado en el núcleo de la célula, contiene los códigos que llevan la información de todos los órganos y características del cuerpo. Ese código es tan complejo, que los científicos recién lo pudieron descifrar hasta cierto punto en el decenio de 1940. Contiene toda la información del ser viviente y puede autorreproducirse. Cómo es que una molécula formada por el ensamble de átomos puede contener información y cómo se multiplica autorreplicandose, son cosas que permanecen sin respuesta.
Las proteínas son los “ladrillos” de lo viviente y juegan un papel clave en muchas funciones esenciales. Forman parte de la hemoglobina, la cual transporta el oxígeno a distintos puntos de nuestro organismo; están presentes en los anticuerpos, los que anulan el efecto de los microbios que se introducen en los organismos vivos; participan en las enzimas, las que nos ayudan a digerir el alimento y convertirlo en energía. La fórmula que hay en nuestro ADN permite la constitución de cincuenta mil tipos de proteínas. Como es obvio, éstas son decisivas en grado sumo para la supervivencia de los seres vivientes. La sola ausencia de una de ellas lo imposibilitaría. En consecuencia, antes que nada podemos concluir que es imposible desde el punto de vista científico que las moléculas gigantes ADN y proteína se formen espontáneamente como resultado de algunas casualidades.
El ADN se compone de una serie de nucleótidos y la proteína de una serie de aminoácidos, ordenados en ambos casos según una secuencia especial. Es materialmente imposible que las moléculas de ADN o de proteínas de miles de tipos distintos se ordenen de modo casual en la secuencia necesaria para la vida. Los cálculos de probabilidad revelan que la posibilidad de que las moléculas de proteínas más simples logren la secuencia correcta es igual a cero. (Para más información ver el libro de Harun Yahya El Engaño del Evolucionismo). Además de esa imposibilidad matemática también existe un importante obstáculo químico para que dichas moléculas se formen por casualidad. Si la relación entre el ADN y la proteína fuese el resultado del paso del tiempo, del azar y de procesos naturales, entonces habría una especie de tendencia química a que ambos reaccionaran del modo que lo hacen ácidos y bases. En tal caso, si la casualidad hubiese jugado realmente un papel, ocurrirían variadas reacciones químicas naturales al azar entre diversos fragmentos de ADN y proteínas y los seres vivos que vemos hoy día no se hubiesen formado.
De existir dicha tendencia natural a que fragmentos de ADN y proteína reaccionen, ¿sería posible entonces que una mezcla de tiempo transcurrido, azar y leyes químicas originen vida como producto de algún tipo de mezcla de moléculas? No, para nada. Todo lo contrario, porque el problema es que todas esas reacciones naturales son las de peor tipo en lo que a sistemas de vida concierne. El ADN y la proteína, abandonados al paso del tiempo, al azar y a sus tendencias químicas, reaccionan de un modo que destruye lo viviente, evita cualquier tipo de desarrollo de vida .
Como vemos, es absolutamente imposible que el ADN y las proteínas, que de ninguna manera se constituyen accidentalmente, den lugar a la vida al quedar librados, sin control, a sus propias tendencias. El filósofo contemporáneo Jean Guitton se ocupó de dicha imposibilidad en su libro Dios y la Ciencia, al decir que la vida no pudo haberse formado como resultado de las casualidades:
¿Qué “casualidad” hizo que ciertos átomos se aproximen para formar las primeras moléculas de aminoácidos? ¿A través de qué casualidad esas moléculas se juntaron para formar una estructura extremadamente compleja llamada ADN? Hago estas simples preguntas como las hizo el biólogo François Jacob: ¿Quién preparó los diseños de la primer molécula de ADN para proporcionar el primer mensaje que condujo al nacimiento de la primera célula viviente?
Como expresa Jean Guitton, la ciencia ha llegado a un punto tal gracias a los descubrimientos realizados en el siglo XX, que han podido establecer científicamente que la teoría de la evolución de Darwin no tiene ninguna validez. El biólogo norteamericano Michael Behe se ocupa de esto en su conocido libro La Caja Negra de Darwin.
Así como todo el universo fue creado de la nada, también los seres vivientes que en él residen fueron creados de la nada. Así como nada proviene de la nada por casualidad, está claro que la materia inanimada no pudo combinarse y formar seres vivos por casualidad. Sólo Dios, Poseedor de poder, sabiduría y conocimiento infinitos, tiene potestad para hacer esas cosas.
Fuente: El milagro del átomo de Harun Yahya's http://harunyahya.es/es/Libros/2926/el-milagro-en-el-atomo

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